Destino: Cartagena de Indias
Muchas cosas buenas que pasan en
la vida parten de ideas locas que nadie toma en cuenta ni cree verdaderas hasta
que pasan. Con los viajes pasa algo similar, como esas conversaciones que
terminan en "¿y por qué no vamos a...?" Y aunque dejamos pasar un
poco de rato, al final terminé comprando un paquete turístico a Cartagena de
Indias, Colombia.
La ciudad siempre me atrajo por esa cosa caribeña-colonial que me aseguraba playas de agua tibia (nada en contra del adorable pacífico) y cultura, historia y belleza arquitectónica. Nunca pensé en ningún riesgo, ni siquiera cuando mi acompañante de viaje amenazaba con dejarse raptar por las FARC; simplemente, era el destino perfecto. Y así fue.
Los preparativos fueron apurados por falta de tiempo más que nada y así y todo logré que no se me quedara nada a excepción del antihistamínico que después eché de menos cuando los zancudos se ensañaron con mis piernas alérgicas a sus picadas. Y una vez que ya tuve todo, me di cuenta que tenía el pasaporte vencido... menos mal este país es asociado al Mercosur y con carnet de identidad uno viaja libremente por el sur del continente. Suerte.
La llegada al aeropuerto fue entre la fina llovizna y el frío de las 5 am, con sueño y cansancio pero llena de expectaciones y más encima con las ganas de que Chile le ganara a Honduras por goleada; sí, nos fuimos el mismo día y unos minutos antes del primer partido de la selección en el mundial. Pensamos que nos perderíamos el partido pero el piloto tuvo la amabilidad de decirnos el resultado después del primer tiempo y al final del partido.
El vuelo duró 6 horas y por no haberme hecho caso a mí sino a mi papá, llegamos demasiado tarde como para escoger nuestros asientos y sólo podíamos irnos las dos juntas si nos íbamos en sillas no reclinables. Así que nos fuimos con dolor de cuello hasta el aeropuerto El Dorado, en Bogotá, donde hicimos la conexión a Cartagena. Por suerte nos pudimos ir en mejores condiciones a Cartagena y sólo fue una hora.
Una vez en tierra caribeña y después de habernos desecho de parkas, sweaters y botas, nos trasladaron al hotel Cartagena Plaza, un hotel de un par de estrellas con aire acondicionado muy alto en todos los espacios comunes. La pieza estaba bien, con vista a la playa y con algo de humedad que el aire acondicionado se encargaba de solucionar cuando salíamos a turistear (intentamos prenderlo y dormir pero no funcionó, nos dio frío). Y como estábamos en un hotel (y no hostal) con desayuno y servicio de habitación incluidos, nos sentíamos de lo más top.
El primer día fue un experimento de aclimatación, recorridos para conocer donde estábamos metidas y matemáticas para entender a cuánto estaba el cambio con respecto al dólar y al peso chileno. DATO: no lleve pesos, lleve dólares o lo harán leso, o peor aún, le dirán que no cambian.
Vino el segundo día y con él, el esperado city tour que nos permitiría conocer parte de la ciudad y así planear nosotras nuestros tours. Pero antes del paseo, bajamos a la playa que estaba al cruzar la calle. OTRO DATO: la playa está llena de vendedores ambulantes que tratarán de vender desde mango hasta dar masajes. Son super insistentes pero hay que mantenerlos a raya con "no gracias" y ya, sino, son capaces de quedarse por mucho más que un par de minutos. Y los masajes... empiezan con una "masaje gratis" y luego de un minuto hay 4 negras haciendo masajes por todos lados y cobrando altas sumas de dinero porque lo gratis era lo que llevaría al pago. Digan que "no" y asunto arreglado.
El recorrido por la ciudad nos mostró las postales de Cartagena y nos sirvió para hacer buenas migas con dos chilenas y su papá que también estaban de vacaciones por allá. Después del paseo, comimos algo rápido y nos preparamos para la "Rumba en chiva", un espectáculo necesario de la ciudad. La "chiva" es un bus muy colorido y abierto por los costados que recorre toda la ciudad recogiendo turistas y va al casco antiguo de la ciudad, donde están las murallas. En esta chiva hay músicos que tocan vallenato y ritmos afines y entre tanto aguardiente y coca-cola, hasta el más fome prende. Luego del paseo, se van todos a las murallas y todas las chivas dejan a sus pasajeros y músicos para que bailen en el lugar y sigan disfrutando, y después, los llevan a una de las discos top que hay en la ciudad. Después de una hora, se pueden devolver en la chiva al hotel o siguen la rumba hasta el otro día.
Pero al otro día teníamos otro tour: Islas del Rosario. Este archipiélago cuenta con aguas cristalinas y playas de arena blanca o al menos más clara. Bueno, eso es lo que pasa a menudo, pero en nuestro caso, nos tocaron las lluvias de junio y el consiguiente revueltijo de aguas del mar y del Magdalena (el principal río de la Colombia caribeña) y eso le dio una tonalidad café. En todo caso la temperatura seguía siendo la ideal. La isla que nos tocó visitar fue la Isla del Encanto, que cuenta con un unas cabañas, piscinas y maravillas naturales que hacen pensar que una es parte de algún episodio de Survivor. Aparte, hay opciones como buceo y una visita al oceanario, pero todo eso depende de la resistencia al mareo que uno tenga. En mi caso, es nulo y decidí no participar en ninguna excursión que me hiciera volver a subirme a un bote a no ser que fuera para volver a tierra firme.
El tercer día fue el turno de la ruta de Gabriel García Márquez: Barranquilla y Santa Marta. Empieza a las 6 am y termina a las 8 pm, con muchas probabilidades de que el conductor del bus sea de la zona y por ende, los haga escuchar vallenato tipo balada (no del tipo Carlos Vives, sino más parecido a Marco Antonio Solís en versión colombiano) que hace furor hoy en día en el país caribeño. Se recomienda llevar música y un sweater porque el aire acondicionado estará muy fuerte, y el camino es largo.
La primera parada del tour es el monumento al “sombrero vueltiao”. Este es el típico sombrero colombiano que es un símbolo de la región y del país. Pero el monumento está en medio de la carretera a Barranquilla y por más que tratamos, no entendimos por qué debíamos interrumpir el viaje para verlo. Francamente, “niun brillo”. Luego viene una parada que realmente vale la pena: la Quinta de San Pedro Alejandrino, famosa por ser el lugar donde vivió sus últimos días el libertador, Simón Bolívar. El lugar conserva la quinta casi igual como en aquellos días y además tiene monumentos y parques con especies únicas que lo hacen parecer un oasis ideal para relajarse e incluso, morirse tranquila. Después de esta parada, llegamos a Barranquilla pero por desgracia los guías creen que esta ciudad industrial no tiene nada de interesante para los turistas. Obvio, si son sólo turistas huecos que buscan las playas de arena blanca y el mar turquesa, no considerarán esta ciudad como algo digno de visitar, pero en nuestro caso, dos turistas ñoñas que prefieren ver iglesias y cementerios en vez de ir al mall, seguro encontrábamos algo que hacer allá. Por desgracia, éramos minoría y sólo dimos un rápido paseo (en bus) por la ciudad sin bajarnos en ningún momento, sólo para pasar a tomar desayuno. Después de ese pequeño paseo, tomamos la carretera de nuevo rumbo a Santa Marta. Los paisajes que ofrece el camino son parte de los libros de Gabriel García Márquez; pasar por la Ciénaga Grande o ver el río con los barcos es un viaje por sus novelas y cuentos.
Una vez en Santa Marta, de nuevo hay preferencia por los turistas superficiales que buscan las playas paradisíacas, y nos bajamos del bus recién cuando llegamos al Rodadero, que es un equivalente de Con-Cón. De Santa Marta sólo vimos sus calles desde el bus. Pero al menos el Rodadero es bonito y tranquilo, aunque el agua se enfría un poco (nunca como para llegar a las temperaturas de la 5ta región de Chile). Además nos tocó la lluvia de la tarde, esa que dura una hora pero es bien pesada y cuando escampa, deja una humedad del 100% si es que no es más. Para los que optamos por no bañarnos, nos fuimos a comprar artesanías y cosas típicas en las galerías del balneario, que son bien bonitas y más baratas que en Cartagena. Y después de unas horas de vueltas y caminatas con corte de luz incluido que nos dejó sin tomar helados, llegó la hora de volver a Cartagena. El problema, aparte de la música, era la distancia porque el retorno era sin parar ni entrar a los pueblo; con suerte pararíamos en algún boliche de carretera para ir al baño y comprar algo para comer, como pan de bono (parecido a un pan con queso pero hecho en horno de barro). Como alternativa a la música, tuvimos películas de trama complicada y estresante que fueron complementadas con un control carretero hecho por un hombre vestido con ropas militares y bandera colombiana en el brazo que me hizo pensar: 1. nos van a raptar; 2. nos van a llevar detenidos; 3. nos van a deportar. Por suerte era sólo un control rutinario (en mi experiencia SIEMPRE tengo controles rutinarios...) y pudimos seguir camino a Cartagena.
Nuestro cuarto día en el caribe colombiano fue de descanso. Tres días levantándonos antes de que amaneciera nos pasó la cuenta. Y como era la segunda vuelta presidencial, no había mucho que hacer, así que nos fuimos a la ciudad vieja para recorrerla nosotras esta vez. Extrañamente pensamos que podríamos irnos caminando cuando ya eran las 12 pm; 30 minutos después, cuando entrábamos a la ciudad, nos dimos cuenta de que no había sido una buena idea en lo absoluto. Por suerte la calles son estrechas y éso da espacio para tener veredas con sombra y poder pasear sin derretirse. Además estuvimos gran parte de la tarde en un museo que tiene mucha vegetación y unos guacamayos preciosos que nos contestaban los saludos. Y como nos gustó tanto la ciudad, volvimos en la noche con otros chilenos que habíamos conocido en la chiva. La ciudad de noche es tanto o más increíble que de día y si alguien quiere tener verdaderas postales del viaje, ése es el momento para lograrlas.
El quinto día lo dejamos para ir a visitar el convento de la Popa, que está en la mayor altura de Cartagena y desde la cual se ve toda la ciudad. Además el lugar es precioso. Pero hay que llegar en taxi y asegurarse de que esperen, sobretodo cuando llueve porque hay rodados. Desde aquí volvimos a la ciudad amurallada para almorzar y después pasar el resto del día en la playa. Otra vez de vuelta a los masajes, los collares, los mangos, helados, sombreros, etc. con nuestro ya tradicional “no gracias”. Por suerte la playa no se llena como las playas más populares de Chile, por lo que una logra un cierto espacio para poder disfrutar del mar y el sol sin intervenir en conversaciones ajenas ni nada parecido.
Nuestro penúltimo día estuvo dedicado a las compras. Por desgracia hay un mall en la ciudad y como nos habían llevado allá por breves instantes el primer día, decidimos volver cuando tuviéramos tiempo y un poco de plata todavía. Pero el mayor atractivo del mall era la librería. Quizás sea como Argentina en sus días post-crisis, porque los precios estaban muy convenientes. Luego de las compras, volvimos a la ciudad vieja y terminamos de recorrer lo que no habíamos visto: la segunda parte del museo (se nos hizo tarde por culpa de los guacamayos y sus “holas” y “chaos”), la universidad y la casa de Rafael Núñez, que está fuera de las murallas. Una vez completado el tour, volvimos al hotel para empacar y preparar nuestro retorno a Santiago.
Nuestro último día empezó un poco más tarde y éso nos hizo apurar el itinerario de ir a la playa por última vez y dejar la habitación antes de la 1 pm. El problema con eso fue que nos pasarían a buscar a las 3.45, lo que nos daba 2.45 hrs de nada. Una lata. Pero aprovechamos de leer y almorzar a la rápida para irnos al aeropuerto y empezar a regresar: Cartagena-Bogotá-Santiago. En el aeropuerto de Bogotá hice mis últimas compras y ya a las 10 estábamos arriba del avión que nos traería al invierno. Sí, porque aunque los colombianos digan que en Bogotá hace frío porque es invierno, nosotras sí que sabíamos a que nos referíamos cuando decíamos que llegaríamos al frío de Santiago. Por eso es que viajábamos con parkas y botas a mano, aunque nos miraran como si fuéramos a cruzar el polo. En cierto modo, lo haríamos: llegábamos a las 4.45 am del día que dejaría de llover y nos traería la onda polar que ha durado hasta hoy y quizás cuantos días más. Pero al menos tuve un descanso de este frío y contaminación, y estuve en un lugar precioso y lleno de historia que merece la pena visitar.
Como lo dije cuando tomé esta foto: Cartagena, je t'aime.








